Balines incrustados en la ingle y en los pulmones, cráneo destrozado, dos dientes caídos, quemaduras en todo el cuerpo y 3 costillas rotas son solo apenas unas de los tantas lesiones que el pequeño Gabriel Fernández, de 8 años, presentó cuando fue recibido en emergencias tras recibir una golpiza que su madre y su padrastro le propiciaron hasta dejarlo inconsciente.

Lamentablemente, Gabriel no pudo sobreponerse a semejante maltrato y perdió la vida unos pocos días después de ser admitido en el hospital.

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Como es de suponer, esta no era la primera vez que la madre de Gabriel, Pearl Fernández y su novio, Isauro Aguirre, sometían al pequeño a las más atroces torturas, como patearlo en la cara, apagar cigarrillos en sus extremidades, dispararle balines u obligarlo a ingerir arena y heces de gato.

Según cuentan los allegados de la familia, esto es algo que llevaba ocurriendo desde hacía aproximadamente 8 meses.

La familia ya había sido reportada muchas veces antes de que, finalmente, el niño perdiera la vida a mano de sus padres.

“Cuando el niño llegó a Emergencia, presentó serios raspones, heridas abiertas, moretones, protuberancias, marcas en las piernas, piel que faltaba de la parte superior del cuello… En fin, el cuerpo de Gabriel estaba lleno, de pies a cabeza, de múltiples laceraciones“, recuerda Alison Segal, una enfermera que presenció el instante en el que Gabriel ingresó al hospital.

Alison, quien testificó en la corte durante el juicio a Fernández y Aguirre, explicó que para cuando los paramédicos llevaron al niño al hospital, su estado era tan crítico que le resultó imposible realizarle una evaluación detallada. Asimismo, la enfermera aseguró que por su estado físico era completamente imposible creer que “se había caído en la ducha”, tal como decía en el reporte.

En el juicio también hablaron los dos hermanos de Gabriel. Ambos, Ezequiel, de 16 años y Virginia, de 14, testificaron en contra de su madre y su padrastro. Así, bañados en lágrimas, relataron en la corte todos los abusos a los que Aguirre y Fernández sometieron al niño de 8 años.

Entre los terroríficos detalles que contaron los adolescentes, destacan la manera salvaje en la que Aguirre golpeaba al niño y cómo lo obligaba a dormir en un angosto gabinete, al que ellos se referían como “la caja”. También explicaron que cada vez que los visitaban los del servicio social, Fernández y su novio escondían al niño y lo amarraban para que estos no pudiesen ver lo herido que estaba.

Este es el gabinete donde Gabriel era forzado a dormir todas las noches.

Cuando las heridas eran muy graves, la madre y el padrastro de Gabriel lo obligaban a decir que se había golpeado jugando.

Los hermanos de Gabriel también aseguraron que la pareja descargaba su ira contra el niño, mientras que a ellos nunca les hicieron daño. Resulta que Aguirre y Fernández tenía un “motivo” para torturar al niño: sospechaban que era gay.

Por esa razón, en ocasiones, lo sometían incesantemente a todo tipo de bullying, como obligarlo a ir a la escuela usando ropa de niña. Cuenta Ezequiel que, resignado, el pobre niño resolvió llevar una muda de ropa en la mochila, pero su madre lo descubrió y su molestia fue tal que le propició un puñetazo en la cara.

En una ocasión, Fernández y Aguirre forzaron a Gabriel a comer espinaca podrida y luego lo obligaron a comerse su propio vómito.

Aguirre solía usar este bate para golpear a Gabriel.

Por su parte, Virginia relató los hechos de la noche en la que Gabriel recibió su última paliza, esa misma que le arrebató la vida. Según la chica, ella presenció cómo Aguirre golpeaba repetidamente a Gabriel en la cabeza, hasta que, finalmente, el niño cayó al piso tras un golpe fatal.

Fue entonces cuando su madre y Aguirre entraron en pánico y trataron de reanimar a Gabriel en la ducha, sin resultados. Para ese momento no les quedó otro remedio que llamar al 911, alegando que Gabriel se había golpeado la cabeza jugando con su hermano en el gabinete (el mismo donde solía dormir).

Cuentan los paramédicos que atendieron el caso de Gabriel que faltan palabras para describir la magnitud del daño que el niño había sufrido. Lo mismo con las enfermeras y los médicos que lo recibieron, quienes aseguran que nunca en su vida habían visto algo semejante.

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Y como si no fuese ya esta historia lo suficientemente enfermiza e indignante, Aguirre se declaró inocente en el juicio, alegando que, aunque admite haber torturado al niño, su intención nunca fue matarlo.

Estos hechos sucedieron en el año 2013, no obstante, lo que la lamentable muerte de Gabriel puso sobre la mesa seguirá teniendo validez mientras las autoridades sean incapaces de detener los casos de abuso infantil a tiempo, y sobre todo, mientras los padres continúen abusando física y mentalmente de sus hijos.

La historia de Gabriel y la de todos los niños que han sufrido este tipo de abusos son un rotundo recordatorio de que existe un gravísimo problema en nuestra sociedad y que aún queda mucho trabajo por hacer para resolverlo. Ayuda a crear consciencia y comparte esta noticia.