Los conflictos religiosos y de odio parecen no parar en nuestro mundo y hay muchos casos que no son tan noticiosos como otros. En Myanmar, los habitantes musulmanes rohingya han sido apartados de su nacionalidad desde 1982 y durante estos años han sido víctimas de tratos crueles, pero no fue hasta el 2016 cuando el gobierno respondió a presuntos ataques a los puestos fronterizos de Myanmar por insurgentes rohingya.

El estado promovió el genocidio contra esa comunidad, forzándolos a trabajar, maltratándolos física y mentalmente y también controlando su estilo de vida obligándolos a huir a Bangladesh.

El jefe de los derechos humanos de las Naciones Unidas, Zeid Ra’ad al-Hussein, abrió una investigación sobre Myanmar para probar los crímenes de lesa humanidad que ocurren en su estado.

En Bangladesh muchos de los musulmanes rohingya han dado testimonios de los actos crueles que viven diariamente, hace poco cinco valientes mujeres decidieron mostrarse y relatar sus diferentes vivencias en Myanmar como musulmán rohingya.

Roshida Begum, Mumtaz Begum, Sunuara, Minwara Begum y Dildar Begum han contado su propia historia y han mostrado cada una de las cicatrices que dejaron las políticas de odio y discriminación de su país.

Primero, tenemos la historia de Roshida, de 22 años, ella huyó a Bangladesh después del ataque que sufrió su comunidad el pasado mes de agosto cuando varios militares llegaron a su pueblo, arrojaron bombas, incendiaron sus casas, dispararon a los jóvenes, robaron y saquearon las pertenencias de los habitantes y además robaron a niños y a bebés para lanzarlos al río.

La joven se escondió a la orilla del río, pero no se salvó de los abusos de los soldados porque después del asalto a su pueblo ellos tomaron a las mujeres para agredirlas sexualmente y violarlas una a una por todo el grupo militar.

En ese momento, Roshida tenía en brazos a su bebé de apenas 25 días de nacido y antes de violarla, tomaron el bebé y lo aplastaron contra el suelo provocándole la muerte justo al frente de su madre. Después los soldados buscaron varios machetes para decapitar a cada mujer después de violarlas.

Pensaron que yo estaba muerta y se fueron e incendiaron la casa. Yo fui la única que escapó”.

Ese día, Roshida perdió a su hijo, a su madre, a su padre, a su hermano y a otros 17 miembros de su familia, y además fue violada. El esposo de Roshida se salvó porque se lanzó al río y nadó huyendo de los militares, ella no podía soportar más abusos y se dirigió a Bangladesh, ese recorrido le tomó 8 días, al llegar se dirigió una clínica de Médicos sin Frontera y allí se reencontró con su esposo.

Después que sanaran las heridas, le dieron de alta y se mudó a un campamento junto a su esposo, pero dice que:

En Bangladesh a veces soy feliz, pero después veo a un anciano y extraño a mi padre, o veo a una mujer con un bebé y extraño a mi hijo”, dijo. “No puedo evitar llorar”.

Quiero justicia del mundo, ¿por qué mataron a mi madre, a mi padre y a mis hermanas? Espero que el mundo me dÉ justicia. Mataron a mis padres y parientes sin ningún motivo”, concluyó la joven.

La segunda historia es de Mumtaz Begum, de 30 años, en una noche los militares atacaron su aldea y quemaron sus casas. Todos los vecinos corrieron y se escondieron, pero los militares los descubrieron y comenzó la represión.

Le dispararon a su esposo frente a ella y mientras agonizaba de dolor, él le dijo a ella: “He vivido muchos años contigo, si cometí algún error, por favor, perdóname”. Después, el hombre malherido les solicitó un poco de agua a los militares, ellos respondieron con tiros y murió.

Los militares tomaron a cinco mujeres y las violaron frente a sus hijos, los niños gritaban y por eso los militares los golpearon con sus machetes, a uno de los hijos de Mumtaz le partieron el cráneo y murió mientras que a la hija la golpearon, pero logró escapar de la casa sin que nadie lo notara.

Después de violarlas, los militares dejaron encerradas a las mujeres y sus hijos dentro de la casa y le prendieron fuego. Mumtaz al ver que la casa estaba en llamas, se arrastró para escapar, la ropa se incendiaba y el techo se vino abajo, pero logró salir y fue la única mujer que lo hizo, las otras cinco murieron quemadas. Ahora se encuentra en Bangladesh después de varios días en el bosque tratando de conseguir la frontera.

Quiero justicia y quiero decirle al mundo todo lo que hicieron los militares. Nos violaron y mataron. Queremos justicia”, dice Mumtaz.

La siguiente historia es de Sunuara, de 25 años, ella cuenta que en Myanmar era bastante adinerada, tenía 42 vacas, dos autos y varios arrozales. El día que atacaron el pueblo donde vivía, Sunuara solo estaba con su hijo de 16 años, su esposo estaba en otra aldea y los demás hijos estaban con sus abuelos.

Los militares llegaron y entraron a la casa de Sunuara, al ver al chico de 16 años le dispararon en el estómago y después le cortaron la cabeza con un machete, todo al frente de Sunuara.

Los militaron ataron las muñecas de Sunuara a la cama y la violaron por seis horas seguidas sin importarles que estaba con ocho meses de embarazo; de hecho, al enterarse, un oficial del ejército le dio un puñetazo y una patada en el estómago, la mujer perdió el conocimiento.

El esposo y el hermano encontraron a Sunuara en el suelo, ambos la tomaron y se dirigieron a la frontera durante seis días mientras que Sunuara luchaba por mantenerse con vida. Al cruzar a Bangladesh se dirigieron a un hospital y dio a luz, pero su bebé murió un día después.

También está la historia de Minwara Begum, de 17 años, ella vivía en la aldea Tula Toli, ella estaba cocinando el 25 de agosto cuando escuchó unos disparos, los militares estaban atacando su aldea con bombas de gasolina para incendiar las casas.

“Todos nosotros comenzamos a correr y los militares nos dispararon por la espalda. Me dispararon a mí, a mi madre, a mi hermana, a mi cuñada, a mi sobrino, a dos de mis hermanos. Perdí a seis miembros de mi familia. Seguí corriendo. Los militares nos encontraron donde nos estábamos escondiendo y nos llevaron a mí, a mi hermana, a mi primo y a otras mujeres a una casa”.

Nos ataron los ojos, las piernas y las manos con un trapo negro y comenzaron a violarme”, relata la joven con mucho dolor. “No sé cuántos hombres me violaron”

“Éramos seis en la habitación y mataron a tres de las mujeres. Cuando terminaron, salieron de la casa y arrojaron una bomba de gasolina sobre ella. Toda la casa se incendió y usé el fuego para quemar la tela que mantenía atadas mis piernas y mis manos. Traté de ayudar a las otras mujeres en la casa a escapar, traté de cargarlas, pero estaba demasiado débil”, contó Minwara.

“Me arrastré a través de la pequeña puerta de pollos y me escondí en un campo de arroz. Las otras cinco mujeres de la casa murieron quemadas. Durante días me escondí en el arrozal y en el bosque hasta que un grupo de otras personas me ayudaron. Pasé varios días caminando con ellos hasta la frontera con Bangladesh, donde tomé un barco hacia Bangladesh”.

La joven pasó una semana en el hospital después de cruzar la frontera, ya se encuentra recuperada y con muchas cicatrices. El temor de la chica y de muchos de los refugiados son los rumores de enviarlos de vuelta a Myanmar. Ella dice que si son regresados les dispararán, las violarán y los matarán otra vez.

 Aquí en Bangladesh, me siento muy inquieta y preocupada. La gente dice que nos enviarán de vuelta a Myanmar, y una vez más nos dispararán y nos derrotarán allí. Estoy tan preocupada. Nos hicieron estas cosas, nos violaron, no tengo miedo de hablar sobre eso. No me siento avergonzada de decírselo al mundo. Quiero justicia, pero sé que el mundo no puede hacerme justicia, finaliza Minwara.

Por último, tenemos el relato de Dildar Begum, de 30 años, ella está junto a su hija de 10 años, Nurkalima. Al igual que los casos anteriores, los militares llegaron disparando e incendiando todo lo que había a su paso. Cuando asaltaron su casa, sacaron a su esposo, lo llevaron al río y le dispararon, después regresaron a la casa, le quitaron a su bebé de sus brazos y lo apuñalaron en la cabeza, así siguieron matando a sus hijos, a uno le cortaron la garganta y a otra de sus hijas la mataron golpeándola fuertemente con un rifle.

Después dos soldados la tomaron de los brazos mientras que otro la violaba, la violaron hasta que ella fingió estar muerta y se fueron prendiéndole fuego a la casa.

Nurkalima, de 10 años, también fue golpeada con cuchillos y machetes, pero eso no impidió que la pequeña ayudara a su madre a gatear por la casa para salir de las llamas.

Se escondieron durante 5 días en las montañas, después regresó a su pueblo y vio que todo estaba desolado, solo incontables cadáveres y cenizas, por eso decidió marcharse con su pequeña a Bangladesh.

No veo ningún futuro para mí aquí en Bangladesh. Mi esposo está muerto, ¿quién ganará dinero para mí y mi hija? Quiero justicia. Mis hijos fueron asesinados, quiero justicia para ellos, cuenta Dildar con lamento.

Daily Mail / The Sun / thestateless

Son horrible sus relatos, pero no se trata de una película de ficción, son historias verdaderas y no podemos hacerlas un lado, tenemos que compartir y denunciar los daños que ha recibido la población musulmana rohingya en un intento de purga que promueve su propio país.

¡Comparte y ayuda a difundir la historia de estas mujeres!