El gobernador de Virginia, en Estados Unidos, Ralph Northam, ha ordenado que las autoridades estatales investiguen acusaciones hechas por adolescentes inmigrantes de graves abusos físicos en una instalación de detenciones juveniles.

Las denuncias de los presuntos abusos aparecen detalladas en documentos judiciales federales que incluyen media docena de declaraciones juradas de adolescentes latinos que estuvieron recluidos en el Shenandoah Valley Juvenile Center durante meses o años.

Niños inmigrantes de hasta 14 años dijeron que fueron golpeados mientras llevaban grilletes y estuvieron encerrados en aislamiento durante horas, abandonados desnudos y tiritando de frío en celdas congeladas de concreto.

Varios detenidos dijeron también que “los guardias les quitaron la ropa y los amarraron a sillas con bolsas tapándoles la cabeza”.

“Cuando me ponían en la silla, me esposaban las muñecas”, dijo un inmigrante hondureño que fue encerrado en el lugar cuando tenía 15 años.

“Me ataban todo, de los pies hasta el pecho, uno no podía moverse… Te controlan totalmente. Te ponen una bolsa sobre la cabeza. Tiene agujeritos, uno puede ver a través de ella. Pero te sientes ahogado con esa bolsa”, dijo otro adolescente.

El gobernador demócrata dijo que las acusaciones son perturbadoras y ordenó al secretario de seguridad interna y pública del estado la presentación de un reporte sobre las condiciones en la instalación.

La demanda, que fue presentada por la ONG Washington Lawyers’ Committee for Civil Rights and Urban Affairs, recoge entre muchas la historia de un joven mexicano de 17 años que fue detenido en la frontera, de quien no se ha revelado la identidad para protegerlo.

Él huyó de un padre abusador y de la violencia generada por los cárteles de la droga y las pandillas en su país, por lo que buscó asilarse en Estados Unidos en 2015. Pero paradógicamente al llegar a la frontera, fue confundido como pandillero y detenido inmediatamente.

Tras recorrer varios centros de Texas y Nueva York, fue llevado al Centro Juvenil Shenandoah Valley en abril de 2016 y diagnosticado durante un chequeo inicial con tres desórdenes mentales por un psicólogo, entre ellos depresión.

Al parecer, en su mayoría los guardias eran sobre todo blancos. No hablaban español y no tenían la competencia profesional para lidiar con individuos con enfermedades mentales.

“Espalda mojada”, “pendejo” o “cabeza de cebolla”, eran algunos de los insultos que recibían a diario estos niños por su condición de latinos.

Además, una antigua especialista en desarrollo infantil que trabajó en el centro relató que vio a menores con magulladuras y huesos rotos que atribuyeron a los guardias. Habló bajo condición de anonimato porque no estaba autorizada a discutir el asunto en público.

Sin embargo, los abogados del centro por su parte, han rechazado todos los hechos de los que se les acusa.

Muchos de los niños fueron enviados allí cuando las autoridades de inmigración los acusaron de ser miembros de la conocida pandilla MS-13 y otros grupos violentos. El presidente Donald Trump ha dicho reiteradamente que la actividad de las pandillas justifica la represión.

“Nuestros agentes de la Patrulla Fronteriza y nuestros agentes de Inmigración y Aduanas han realizado una gran tarea al reprimir a los pandilleros del MS-13. Los estamos echando de a miles”, dijo orgullosamente Donald Trump.

Pero un directivo del centro de Shenandoah dijo en una audiencia reciente en el Congreso que los niños no parecían ser pandilleros y en cambio padecían trastornos mentales ocasionados por traumas sufridos en sus países de origen, y que el centro de detención no estaba bien equipado para tratarlos.

“Se procesaba a los jóvenes como individuos implicados con las pandillas. Y cuando los entregaban a nuestros cuidados y los evaluaban nuestros empleados clínicos no los identificaban necesariamente como individuos implicados con las pandillas”, dijo una directora del centro.

Pero Virginia no es el único caso de abuso y maltrato a los niños inmigrantes “enjaulados”. En Texas no se vive una realidad muy diferente.

Una de las jaulas en Texas tenía 20 niños dentro, totalmente encerrados.

Varios grupos de niños separados por cercas metálicas duermen o pasan el tiempo en colchonetas en el suelo y se arropan con mantas térmicas en un centro de procesamiento de la Patrulla Fronteriza en Rio Grande City, Texas.

Este es un mural con el rostro del presidente Donald Trump en la entrada del centro de detención, que fue construido en un antiguo Walmart. Allí conviven 1,479 chicos de entre 10 y 17 años, que pasan 22 horas al día sin salir al exterior.

El Walmart reutilizado tiene estructuras de dormitorios. Los jóvenes tienen tan solo dos horas al día para salir al exterior y hay un miembro del personal por cada ocho niños.

“Este sitio es llamado albergue, pero en la práctica son niños encarcelados”, dijo Jacob Soboroff, un corresponsal de MSNBC que entró al centro de detención de menores.

LV / Associated Press

Aunque la situación es dramática y  se nos encoge el alma cada vez que escuchamos todo lo que padecieron estos pequeños y las marcas psicológicas que tendrán de por vida, una luz al final del túnel se encendió esta semana cuando Donald Trump finalmente decidió firmar un decreto en el que ordenaba que los niños ya no fueran separados de sus padres, pero se mantenía firme en la política de “cero tolerancia” en la frontera.

Esperamos que el destino de los pequeños sea diferente y que los organismos internacionales no dejen de mediar en un tema en el que salen perjudicados los más indefensos.

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