Un perro al que su dueño siempre mantuvo amarrado afuera, sin siquiera poder acostarse, había perdido toda esperanza. Pero no dejaría de rogar al Cielo por última vez que llegara su ángel a salvarlo, antes de que fuera demasiado tarde.

Esta es una de esas historias que taladran el alma. El pobrecito jamás conoció el afecto de parte de quien estaba obligado a ser responsable en su cuidado, tenerlo dentro de su hogar y a amarlo como merecía.

Pero la criatura sólo recibió rechazo y desprecio. Al ser considerado como un mueble viejo que estorba y que no se sabe dónde colocarlo, su familia tomó la peor decisión de todas.

Ya que era evidente que no lo querían, en lugar de acudir a un refugio o por último regalarlo a otra persona, lo mantuvieron encadenado toda su vida, condenado a sufrir el clima inclemente, viendo cómo sus días se apagaban…

El pobre perro siempre estuvo encadenado en la intemperie sin siquiera poder arrimar su cabeza

siempre

Y es que se dice pronto, pero el drama que puede vivir un perro encadenado es por demás, una de las cosas más viles y crueles.

Frío, lluvia, calor, hambre, sed, desolación, enfermedades, infecciones, heridas sin curar… Es parte del calvario que este pobre animalito tuvo que vivir, resignándose a finalmente entender que no era amado.

Aunque cueste digerir, era la única vida que conocía Hank

Cuando los rescatistas de Paws 4 Hope recibieron una llamada de un vecino preocupado, supieron que debían intervenir, pero nada los preparó para lo que encontraron.

Lo que vieron los horrorizó por completo. Casi sin poder sentarse, atado a una cadena bajo la lluvia fría, con barro por todas partes, sin siquiera un plato de comida o agua.

¿Qué tipo de familia deja un perro así? ¡Las autoridades se involucraron y el grupo de rescate pudo llevarse a Hank con ellos ese día!

El perrito parecía decirles con la mirada que había rezado mucho para que alguien viniera, y al fin sus súplicas eran escuchadas.

Una vez en la clínica veterinaria, los rescatistas recibieron una noticia inquietante. Hank no estaba sano. Tenía moquillo, enfermedad con la que sólo el 50% de los perros sobreviven.

Pero eso no era todo, el pobre estaba totalmente desnutrido y gravemente anémico. Su sistema inmunológico estaba comprometido. Lo que significaba que Hank necesitaba mucha atención personalizada y urgente.

Después de publicar su historia, afortunadamente dos mujeres decidieron que ese perrito no podía pasar un día más sin amor, y se lo llevaron a casa para velar por él las 24 horas del día.

Hank no sólo recibió medicamentos, casa y comida, sino que sobre todo sus nuevas madres se aseguraron de convencerlo de que era una criatura hermosa que merecía, aunque fuera tarde, todo el amor.

Ellas se encargaron de llevarlo puntualmente a todas sus citas con el médico, de que comiera bien y de que durmiera abrigadito y cómodo; ya sea en su cama para perros o con ellas en el sofá. Pero nunca jamás volvería a permanecer afuera.

Hank finalmente conoció el amor. Y aunque todavía estaba muy débil y enfermo, se lo veía menear la colita y sonreír a sus madres, consciente de que habían cambiado su destino.

Pero tristemente, aunque Hank era lo suficientemente joven y podría haber vivido una vida larga, su antiguo dueño lo arruinó. Como nunca recibió el cuidado adecuado desde que era cachorro, incluidas las vacunas y una buena nutrición; a pesar de los nuevos cuidados, no hizo más que deteriorarse y se fue apagando de a poco.

Unos meses después, el refugio anunció que Hank vivió los mejores últimos días, contemplando las caídas de sol, acurrucado en el sofá abrigado y sabiéndose amado; hasta que dio su último suspiro.

Mientras eso sucedía, sus dueñas se aseguraron de susurrarle al oído:

«Te amamos, Hank».

Si bien la muerte de Hank es desgarradora, saber que pasó el tiempo que le quedaba rodeado de amor, es una victoria en sí misma.

Todos los perros merecen una vida feliz. Que ningún otro perro tenga que enfrentarse a una muerte anticipada por culpa del descuido, la negligencia y el desamor.

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