Todo mundo en algún momento de su vida se ha encontrado con al menos una abuela que, a pesar de haber tenido catorce hijos, veinticinco nietos y al menos treinta y tres bisnietos, actúa espantada al escuchar la mención de órganos reproductores o al encontrarse una escena de sexo en alguna novela de la televisión.

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Todo esto se vuelve totalmente comprensible cuando tomamos en cuenta la represión sexual y la ignorancia por la que muchas de estas abuelas tuvieron que haber pasado; sin embargo, algunas de estas encantadoras señoras dedicaron un poco de su tiempo para hablar de sus confesiones sexuales más íntimas.

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Hay historias que en la actualidad nos parecerían increíbles, pero la verdad es que son completamente ciertos. Una de las abuelas cuenta como la menstruación era algo casi sagrado, si la tenías no podías hacer nada, ni salir y ni siquiera bañarte.

Si había sangre no nos dejaban salir”.

Tras el desarrollo, el cuerpo se volvía un templo que había que proteger a toda costa, pero ¿cómo proteges algo si no tienes idea de qué lo está amenazando?

Otra abuela cuenta que nunca se enteraban de nada y no porque no quisiera, era simplemente que todos los adultos les ocultaban las cosas. Sus madres nunca le explicaban nada del funcionamiento del cuerpo.

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Ya te enterarás”.

Esa era una de las frases más escuchadas por nuestras abuelas durante su niñez y adolescencia. Pero no solamente los temas de la menstruación eran tabú, el simple hecho de tener amistades masculinas era tremendamente mal visto, cualquier tipo de afecto o cercanía con los chicos suponía casi una deshonra para la familia, especialmente por las creencias religiosas.

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Sin embargo, la iglesia también tiene sus propias amenazas ya que, como es de conocimiento por todos, hay muchos curas que se han visto involucrados en temas de pedofilia, y esa época no estaba exenta de esto.

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La familia protegía con uñas y dientes la pureza de la joven, incluso la protegían de su prometido que, según las normativas cristianas, sería quien por fin tomase su virginidad, pero claro, no antes de la ceremonia.

Entre tanto desconocimiento, la noche de bodas, cuando finalmente bajo la aprobación de Dios, de la iglesia y de su familia se podía tener intimidad con su pareja, no escapaba del tabú y la incertidumbre.

Muchas de estas mujeres no sabía ni cómo hacer las cosas y pasaban todo tipo de situaciones incómodas, además de dolorosas. Mientras que otras se mostraban asombradas de ver un miembro por primera vez.

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¿Qué era eso y por qué era así? No parecía nada que se hubiesen imaginado, tanto así que algunas entraban en ataques de risa, se podrán imaginar a dónde caía la dignidad de su pobre esposo.

Si ya era difícil saber sobre la menstruación y sobre hacer el amor, era incluso más difícil entender cómo se hacían los bebés y ¡peor aún! cómo evitarlos. El tema de los anticonceptivos era prácticamente inexistente.

Antes se hacía el amor para tener hijos o cuando sea que el marido quisiera.

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Además, quedar embarazadas solteras o fuera del matrimonio era un suicidio social, había lugares que practicaban abortos sin ningún tipo de higiene. Ni pensar de los conceptos feministas que conocemos hoy en día, en esa época no se tenía en cuenta el placer femenino.

Aprendíamos como podíamos y sobre la marcha. Para saber tan poco, no salimos tan mal paradas”.

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Verdaderamente todas estas mujeres pasaron por situaciones duras debido a que la sociedad y sus propias familias no les permitían saber nada sobre sí mismas a un nivel íntimo, algo para tener en cuenta la próxima vez que escuchemos a una abuela quejándose de que hoy en día la moral se ha perdido, no es su culpa, fue la época que le tocó vivir lo que la hizo así.

Del mismo modo, es un recordatorio de que debemos ser abiertos con nuestros hijos y explicarles las cosas. Mientras menos sepan, peor podrán ser engañados. Recordemos que nada tiene más poder que el conocimiento.

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